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El bastón y el Martini

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Adal Márquez Hernández

Escribo sobre lo que queda después de la belleza.

Siempre he pensado que el Martini tiene algo de espejo.

No porque revele el futuro ni ninguna de esas gilipolleces que solemos atribuir a las copas después de la tercera.

Es un espejo porque tiene pocos lugares donde esconderse.

Cuando está bien hecho todo parece sencillo. Cuando algo falla también se ve enseguida. La temperatura, el agua, la proporción, el vermut, el gin. No hay demasiadas cortinas detrás de las que ocultar una mala decisión.

Quizá por eso, sentado delante de un Martini, terminé pensando en algunas de las mías.

En la gente a la que he ayudado.

En quienes me ayudaron a mí.

En algunas personas que estuvieron cuando no esperaba nada de ellas y en otras que sonrieron durante años hasta que llegó el momento de decidir qué hacer cuando yo no estaba delante.

El Martini hacía lo que suele hacer.

Quedarse callado.

Que es bastante más útil que darte la razón.

Pensé entonces en una frase que llevo escuchando toda la vida.

Cuando el ciego recupera la vista, lo primero que tira es el bastón.

No he conseguido encontrar un origen fiable para la frase. Se adjudica alegremente a Maquiavelo y a media historia de la filosofía, como ocurre siempre que Internet encuentra una frase suficientemente cabrona.

Da igual.

La metáfora es magnífica.

Porque todos hemos sido alguna vez el bastón.

Yo también.

He enseñado a gente. He recomendado a gente. He llamado para abrir alguna puerta. He compartido conocimientos que tardé años en conseguir y he intentado empujar carreras cuando tuve oportunidad de hacerlo.

Alguna vez hice incluso algo que hoy recuerdo con una mezcla extraña de orgullo e ingenuidad.

Trabajé durante meses prácticamente solo en un proyecto que después presenté como trabajo de todos.

No lo había sido.

Pero pensé que aquello era hacer equipo.

Creía que compartir el mérito era una manera de construir algo mayor que uno mismo.

Todavía lo creo.

Lo que ya no creo es que compartir el mérito construya necesariamente lealtad.

Son cosas distintas.

Aristóteles había detectado el problema hace más de dos mil años.

En el libro noveno de la Ética a Nicómaco se pregunta por qué quienes hacen un favor parecen querer más a quienes lo reciben que quienes reciben el favor a sus benefactores.

Entre las explicaciones que examina hay una particularmente cruel.

El beneficiado ocupa una posición parecida a la del deudor y el benefactor a la del acreedor. Y, observa Aristóteles, al deudor no siempre le entusiasma tener delante a quien le recuerda la deuda.

Después profundiza bastante más. Para quien ayuda, el acto permanece como algo propio, algo que hizo. Para quien recibió la ayuda, la utilidad termina desapareciendo una vez conseguida.

Eso explica muchas cosas.

También explica por qué a veces ayudar muchísimo a alguien no produce muchísimo agradecimiento.

Puede producir exactamente lo contrario.

Porque hay ayudas que, una vez superada la necesidad, se convierten en recordatorios incómodos.

Tú sabes hacer esto porque alguien te enseñó.

Entraste allí porque alguien llamó.

Tuviste aquella oportunidad porque alguien pronunció tu nombre cuando tú no estabas en la habitación.

Aceptar todo eso no disminuye necesariamente el mérito propio.

Pero el ego no siempre trabaja con tanta elegancia.

A veces es más sencillo reescribir la historia.

Tampoco me ayudó tanto.

Yo ya valía.

La oportunidad me la había ganado.

Aquello lo habría conseguido igualmente.

Y finalmente el benefactor puede convertirse incluso en alguien incómodo.

Quizá demasiado exigente.

Quizá arrogante.

Quizá difícil.

Qué curioso.

El bastón empieza a molestar justo cuando ya podemos caminar.

Séneca dedicó un tratado entero al asunto de los beneficios y la ingratitud porque, evidentemente, hace dos mil años tampoco habíamos resuelto gran cosa.

Su idea es más inteligente que limitarse a llamar desagradecido al mundo.

Dar bien también es difícil.

Un beneficio que entregas esperando cobrar obediencia eterna no es exactamente un regalo.

Si cada favor lleva una factura invisible, quizá lo que hiciste fue conceder un préstamo.

Por eso ayudar a alguien no compra su lealtad.

Ni debería.

Lo único que puedes observar después es qué hace esa persona con lo que recibió.

Y ahí empiezas a conocerla.

Porque la lealtad no aparece cuando todo resulta fácil.

Aparece cuando traicionarte ofrece alguna ventaja.

Cuando sumarse a una crítica facilitaría las cosas.

Cuando guardar silencio costaría menos que defenderte.

Cuando nadie va a contarte después qué ocurrió.

Ahí desaparecen las sonrisas y empiezan los hechos.

Yo he trabajado con gente muy seria.

Personas poco efusivas, poco dadas al abrazo y a llamarte maestro cada tres minutos.

Alguna incluso podía parecer antipática.

Y cuando llegaron momentos complicados, estuvieron.

También he conocido lo contrario.

Personas encantadoras.

Jóvenes, sonrientes, cercanas.

Gente que pedía consejo, agradecía lo aprendido y daba la impresión de que se estaba construyendo algo que iba más allá del contrato.

Hasta que un día había que decir no.

O pedir simplemente que durante el trabajo se trabajara.

Y entonces descubrías que para determinadas personas eras extraordinario mientras resultabas cómodo.

Eso duele un poco.

Después enseña bastante.

La simpatía es una cualidad maravillosa.

Pero no es una prueba de carácter.

Y entonces pensé en Ada Coleman.

Coley estuvo al frente del American Bar del Savoy durante más de veinte años. Era una celebridad. La prensa de la época la llamó la reina de los mezcladores de cócteles y, cuando dejó la barra, ella misma calculaba haber atendido a alrededor de cien mil clientes. Su Hanky Panky sobrevivió hasta convertirse en uno de los grandes clásicos del bar.

Y después llegó 1926.

El American Bar cerró temporalmente por reformas. Coleman y Ruth Burgess dejaron la barra. Harry Craddock, que llevaba años trabajando en el servicio interior del Savoy, pasó a dirigirla.

La versión contemporánea fue una jubilación.

La historia posterior no está tan clara.

Difford’s afirma que Coleman fue desplazada cuando la dirección quiso un estadounidense al frente. Craddock, británico de nacimiento pero ciudadano estadounidense después de años trabajando allí, encajaba perfectamente. Otras investigaciones son más prudentes. Susan Scott, antigua archivista del Savoy, sostuvo que no encontraba evidencia suficiente para concluir que Coley hubiera sido expulsada y planteaba que, después de más de veinticinco años trabajando, perfectamente pudo decidir marcharse en un momento de cambio generacional.

No sé cuál fue exactamente la verdad.

Y no pienso convertir a Craddock en Judas para que mi artículo funcione.

Sería demasiado fácil.

Lo interesante es la fotografía general.

Una mujer pasa más de dos décadas convirtiéndose en una institución dentro de un bar.

El mundo cambia.

El hotel cambia.

El público cambia.

La barra cambia.

Y un día otra persona ocupa su sitio.

El Savoy continúa.

Eso también conviene aprenderlo cuando alguien te dice que en el trabajo sois una familia.

Las empresas no son familias.

Ni tienen obligación de serlo.

Una organización puede apreciarte sinceramente y seguir funcionando el lunes después de que tú te hayas marchado el viernes.

Puede incluso necesitar que así sea.

Quizá el error sea nuestro cuando confundimos utilidad, cariño, compañerismo y amistad como si fueran la misma palabra.

Aristóteles distinguía precisamente entre amistades nacidas del carácter y relaciones sostenidas por la utilidad o el placer. Las relaciones útiles no son necesariamente falsas. Cumplen una función perfectamente legítima. El problema aparece cuando esperamos de ellas aquello que solo puede exigirse a otro tipo de vínculo.

Me hubiera venido bien aprenderlo antes.

Un compañero puede convertirse en amigo.

Algunos de mis mejores amigos han salido del trabajo.

Pero no se convierte en amigo porque comparta ocho horas contigo.

Ni porque os riáis.

Ni porque salga de copas después del turno.

Ni porque diga delante de ti cuánto te admira.

La amistad empieza a adquirir otro significado cuando ya existe la posibilidad de perjudicarte y decide no hacerlo.

Cuando no necesita nada.

Cuando puede ganar algo traicionándote y aun así no lo hace.

Ahí empiezan las palabras importantes.

La Rochefoucauld tenía una capacidad casi enfermiza para detectar estas miserias. Buena parte de sus máximas sobre gratitud giran alrededor del orgullo, la deuda y nuestra habilidad para reinterpretar lo que otros hicieron por nosotros.

No hace falta compartir todo su pesimismo para reconocer el mecanismo.

La memoria humana es una contabilidad bastante creativa.

Recordamos perfectamente nuestros esfuerzos.

Los de los demás tienden a depreciarse.

Yo también lo habré hecho.

Seguramente alguien me ayudó mucho más de lo que recuerdo.

Alguien pronunció mi nombre en una habitación en la que yo no estaba.

Algún maestro perdió tiempo conmigo que después yo convertí mentalmente en talento propio.

Reconocer esa posibilidad es importante.

Porque este artículo sería insoportable si consistiera en explicar lo desagradecido que ha sido el mundo conmigo.

No soy tan interesante.

Lo que me interesa es otra cosa.

Qué hacemos con aquello que recibimos.

Y qué esperamos cuando damos.

Quizá la verdadera generosidad consista en ayudar sabiendo que existe la posibilidad de no recibir absolutamente nada después.

Ni agradecimiento.

Ni amistad.

Ni reconocimiento.

Y hacerlo igualmente.

Séneca llegó exactamente hasta allí.

Si para evitar a los ingratos dejamos de conceder beneficios, terminaremos perdiendo también la posibilidad de encontrar personas agradecidas. Su solución no era dejar de sembrar porque algunas semillas se perdieran. Era continuar dando sin convertir cada favor en un contrato.

Eso me gusta.

Porque después de todo lo vivido no quiero aprender la lección equivocada.

No quiero dejar de enseñar.

No quiero dejar de recomendar a alguien cuando lo merece.

No quiero volverme ese viejo bartender que guarda todo lo que sabe porque una vez un discípulo resultó ser un imbécil.

Sería permitir que la ingratitud de otro cambiara algo mío que todavía considero valioso.

Lo que sí ha cambiado es otra cosa.

Observo más.

Confío más despacio.

Y ya no confundo una sonrisa con una declaración de principios.

Volví al Martini.

Seguía allí.

Cada vez quedaba menos.

Y pensé otra vez en el ciego y el bastón.

Quizá hemos contado mal esa historia.

Si un ciego recupera la vista, debería abandonar el bastón.

Para eso estaba.

Si alguna vez he ayudado de verdad a alguien, debería alegrarme de que llegue el día en que ya no me necesite.

Un maestro que exige dependencia eterna no quiere alumnos.

Quiere súbditos.

Por tanto, tirar el bastón no es la traición.

La traición empieza después.

Cuando miras el bastón en el suelo y dices que nunca lo necesitaste.

Cuando te molesta que alguien recuerde que hubo un momento en el que no podías caminar solo.

Cuando para sentirte más grande necesitas hacer pequeño a quien alguna vez te sostuvo.

Eso es otra cosa.

Terminé el Martini.

No había resuelto absolutamente nada.

Los buenos Martini suelen tener esa virtud.

No dan respuestas.

Quitan ruido.

Y cuando el vaso queda vacío, a veces consigues verte un poco mejor.

Quizá por eso sigo ayudando a gente.

Y quizá por eso ahora sé también algo que antes no sabía.

No todo el que camina contigo es tu amigo.

Pero tampoco todo el que un día tire tu bastón te ha traicionado.

La diferencia está en lo que haga después de aprender a caminar.

EL ÚLTIMO TRAGO
Adal Márquez