Jagoba Santesteban
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Cuenta la historia que el Rey Alonso de Castilla se posó sobre la Sierra Salvada junto al Conde Vela de Aragón (hijo bastardo del Rey Aragonés) divisando una zona entonces despoblada, y el Conde le dijo al Rey:
—Señor, ¿áy ala? (Señor, ¿está hecha?)
A lo que el rey respondió:
—Pues, áya la (ahí la tiene).
Es así como el Conde Vela se convirtió en señor de Ayala, la tierra donde hoy crecen las vides y se cultiva la mayor parte de la producción de Arabako Txakolina / Txakoli de Álava.
Desde entonces, el valle de Ayala y las laderas que miran a la Sierra Salvada han estado ligadas a la tierra y a la vid. El carácter atlántico del clima, la influencia de los vientos del Cantábrico y unos suelos arcillo-calcáreos bien drenados han dado forma a un vino singular, fresco y vibrante. Siglos después de aquella escena legendaria, esas mismas tierras se han convertido en el corazón de la Denominación de Origen Arabako Txakolina, reconocida oficialmente en 2001.
El txakoli de Álava se distingue por su equilibrio entre frescura y estructura. Tradicionalmente elaborado con la variedad autóctona Hondarrabi Zuri —acompañada en menor medida por Hondarrabi Beltza para los rosados—, ofrece aromas de manzana verde, cítricos y flores blancas, con una acidez marcada que le aporta viveza y capacidad gastronómica. En los últimos años, la apuesta por la calidad y la innovación ha permitido ampliar estilos: desde blancos jóvenes y chispeantes hasta fermentados en barrica o criados sobre lías, que muestran mayor complejidad y volumen en boca.
Municipios como Amurrio, Llodio u Okendo forman parte de este paisaje vitivinícola donde pequeñas bodegas familiares trabajan parcelas en pendiente, muchas veces en terrazas, manteniendo un cultivo respetuoso con el entorno. El resultado es un vino que habla de su origen, que conserva la identidad rural de Ayala y que, al servirse en la copa, parece traer consigo el eco de aquella leyenda fundacional. Así, entre historia y tradición, el txakoli de Álava no es solo un vino: es la expresión líquida de una tierra que pasó de ser frontera y señorío a convertirse en símbolo de calidad, arraigo y orgullo para quienes la trabajan.
—Señor, ¿áy ala? (Señor, ¿está hecha?)
A lo que el rey respondió:
—Pues, áya la (ahí la tiene).
Es así como el Conde Vela se convirtió en señor de Ayala, la tierra donde hoy crecen las vides y se cultiva la mayor parte de la producción de Arabako Txakolina / Txakoli de Álava.
Desde entonces, el valle de Ayala y las laderas que miran a la Sierra Salvada han estado ligadas a la tierra y a la vid. El carácter atlántico del clima, la influencia de los vientos del Cantábrico y unos suelos arcillo-calcáreos bien drenados han dado forma a un vino singular, fresco y vibrante. Siglos después de aquella escena legendaria, esas mismas tierras se han convertido en el corazón de la Denominación de Origen Arabako Txakolina, reconocida oficialmente en 2001.
El txakoli de Álava se distingue por su equilibrio entre frescura y estructura. Tradicionalmente elaborado con la variedad autóctona Hondarrabi Zuri —acompañada en menor medida por Hondarrabi Beltza para los rosados—, ofrece aromas de manzana verde, cítricos y flores blancas, con una acidez marcada que le aporta viveza y capacidad gastronómica. En los últimos años, la apuesta por la calidad y la innovación ha permitido ampliar estilos: desde blancos jóvenes y chispeantes hasta fermentados en barrica o criados sobre lías, que muestran mayor complejidad y volumen en boca.
Municipios como Amurrio, Llodio u Okendo forman parte de este paisaje vitivinícola donde pequeñas bodegas familiares trabajan parcelas en pendiente, muchas veces en terrazas, manteniendo un cultivo respetuoso con el entorno. El resultado es un vino que habla de su origen, que conserva la identidad rural de Ayala y que, al servirse en la copa, parece traer consigo el eco de aquella leyenda fundacional. Así, entre historia y tradición, el txakoli de Álava no es solo un vino: es la expresión líquida de una tierra que pasó de ser frontera y señorío a convertirse en símbolo de calidad, arraigo y orgullo para quienes la trabajan.











