Adal Márquez Hernández
Escribo sobre lo que queda después de la belleza.
La industria no está confundida.
Está perdiendo el criterio.
Y no es un problema menor.
Es el problema.
Porque cuando desaparece el criterio, desaparece todo lo demás: la técnica, el gusto, el respeto por el producto y, sobre todo, el respeto por el cliente.
Hoy no se aplaude lo que está bien hecho.
Se aplaude quién lo hace.
Ese es el punto de quiebre.
Se prueban cócteles mediocres mal balanceados, mal diluidos, sin sentido y se dicen buenos.
No por lo que son.
Por quién los firma.
Se acepta lo inaceptable.
Y se celebra.
Se celebran propuestas que no resisten un análisis mínimo.
Cócteles servidos en formatos absurdos.
Recipientes que complican la experiencia.
Gestos que no aportan nada.
Y no es provocación.
Es vacío.
La provocación, cuando tiene sentido, incomoda pero abre camino.
Esto no abre nada.
Esto tapa.
Tapa la falta de base.
Tapa la falta de criterio.
Tapa la falta de oficio.
Se ha normalizado aplaudir cualquier exceso siempre que venga envuelto en narrativa.
Pero un buen cóctel no necesita narrativa.
Necesita estar bueno.
Y ahí es donde falla todo.
Porque el cliente puede no saber por qué algo no funciona.
Pero lo percibe.
Y cuando lo percibe varias veces…
deja de confiar.
Ese es el daño real.
No el exceso.
La pérdida de confianza.
Y mientras tanto, dentro de la propia industria, se sigue alimentando el problema.
Se aplaude por inercia.
Se valida sin criterio.
Se repite lo que ya ha sido validado por otros.
Nadie quiere ser el que diga que no.
Porque decir que no implica saber por qué.
Y saber por qué… exige haber hecho el trabajo.
Ese trabajo que no se ve.
Ese que no se puede grabar.
Ese que no genera aplauso inmediato.
Repetición.
Error.
Corrección.
Eso no vende.
Pero eso es lo único que sostiene una barra.
También se ha perdido algo más.
La noción de contexto.
Una barra no es cualquier sitio.
No es un escenario libre.
No es una performance sin consecuencias.
Es un espacio de servicio.
Y el servicio implica responsabilidad.
Responsabilidad con lo que se sirve.
Con cómo se sirve.
Con cómo uno se presenta.
No por estética.
Por respeto.
Respeto al cliente.
Respeto al producto.
Respeto al propio oficio.
Cuando eso se pierde, todo se convierte en una caricatura.
Y eso es exactamente lo que empieza a ser la coctelería en muchos sitios.
Una caricatura de sí misma.
El problema no es que existan propuestas radicales.
El problema es que se aplauden sin filtro.
Y cuando todo se aplaude…
nada se exige.
Y cuando nada se exige…
todo se degrada.
Esto no es nostalgia.
No es conservadurismo.
No es resistencia al cambio.
Es algo mucho más básico:
distinguir lo que funciona de lo que no.
Y ahora mismo, esa línea está completamente difuminada.
La industria no está evolucionando.
Está relajando sus estándares.
Y eso, a medio plazo, no la hace más libre.
La hace irrelevante.
Porque el cliente puede tolerar el error.
Lo que no tolera es la falta de criterio.
Y cuando detecta eso…
se va.
Adal Márquez
EL ÚLTIMO TRAGO
Transcripción fiel de El último trago











